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miércoles, 3 de agosto de 2016

Borrón y cuenta nueva

A altas horas de la madrugada, cuando todos callan y solo escuchas el retumbar de tus pensamientos, a veces, te iluminas con grandes ideas. 

Esta es una de ellas. 

Tengo depresión muy severa, según mi psiquiatra. Todo empezó como un cuadro de migraña muy fuerte: de emergencia a la clínica; clonazepam por aquí, fluoxetina por allá. No me dijeron que eran ansiolíticos y antidepresivos. La semana que tomé esas pastillas conocí el infierno, crudo y duro. 
Pero lo que vino después fue -es, aún- el purgatorio, porque estoy atrapada entre el cielo y el infierno, sin entrar por completo a ninguno. 

Dejar este tipo de pastillas de golpe fue la peor idea de mi vida: dejaron salir al Cracken. De ese momento en adelante, viví en una montaña rusa, estaba feliz, luego triste, de nuevo feliz, lloraba toda la noche. Hasta que llegó el momento de la estabilidad, lo malo fue que esa estabilidad estaba tirada al suelo, osea, ya solo había tristeza. Lloraba todos los días, a todas horas, levantarme era un martirio, conciliar el sueño también, noches llenas de pesadillas y tardes solo de lamentos. Sentía que no podía más. 

Una mañana, decidí visitar a una psicóloga: "tienes depresión, ve con un psiquiatra". La psiquiatra me lo confirmó y añadió la palabra "severa" al diagnóstico. Pastillas para estar feliz y para dormir. 

El saber que lo que me pasaba tenía nombre fue quitarme un peso de encima. Ya no debatía entre la idea de que "todos pasaban por eso" y "tal vez solo exagero", no. No estaba exagerando, no todos pasaban por eso, no solo soy llorona, no solo soy sensible. Pero lo más importante: había una solución. La luz al final del túnel. Las pastillas me tumbaron las primeras semanas: sueño y ganas de hacer nada. Como a la cuarta, ya empezaba a notarse el cambio: me reía más y de vez en cuando me pillaba a mi misma haciendo planes. Pero de ahí, las cosas no siguieron mejorando. 

Me enfrasqué en la necesidad de esas pastillas, de la psicoterapia y las visitas al psiquiatra. Eso era un presupuesto fuerte y más era el tiempo que pasaba peleando con mis papás por que me llevaran/compraran pastillas que el que disfrutaba con las mejorías que debía tener. "¿No puedes solucionar tus problemas sola? ¿Tan débil eres?" Perdóname mamá, lo intenté y no pude. "No te estreses, ojalá fueses tan fuerte emocionalmente como lo eres para defender tus ideas." Son cosas distintas, papá, ya traté. 

Dejé de tomar las pastillas porque un tratamiento psiquiátrico no puede llevarse a medias. 

A todo esto, en lo que va del año, debo haber intentado suicidarme unas tres veces. Alguna vez para llamar la atención, alguna otra porque simplemente ya no podía más. La sobredosis no es tan efectiva, al parecer, o yo soy muy cobarde. En fin: vida: 3 - suicidio:0

Hoy por hoy, he aprendido que las pastillas sí ayudan, pero más importante es la actitud y por eso estoy escribiendo esto ahora: este es mi punto de quiebre. 

De ahora en adelante las cosas serán distintas. Pero hay capítulos por cerrar aún:

Empiezo por pedir perdón. 

Perdón a mí misma,
Por haber dudado de mis capacidades, por haberme empequeñecido y arrastrado por cosas y personas que no lo merecían. Por no darme chances a fallar, por juzgarme tan cruelmente y odiarme de una manera tan descabellada. Por avergonzarme de mi cuerpo, de mi mente y de mi ser. Por haberme hecho daño para encajar en estándares y por no lograr encajar en ellos. Perdón a mí misma por no haberme dejado florecer como la mujer maravillosa que sé que puedo ser. 

Perdón a ustedes,
A quiénes hice sentir alguna vez como insuficientes, a quienes no supe explicarles esto en su debido momento. A quienes no supe valorar cuando estuvieron a mi lado, a quienes juzgue sin conocer y a quienes fueron víctima de mis malos ratos. A aquellos que se vieron perjudicados por intentar ayudarme y a quienes contagie de mis malos ánimos. Perdón especialmente a ti, que te dejé sin razón aparente. A ti, que creíste que podías ayudarme y a ti, que te alejaste porque mi malestar resultaba intolerable. 

Ahora toca dar gracias. 

Gracias a mí, también 
Porque pese a todo, sigo aquí con vida. Sigo aquí con una sonrisa, que sabe surgir hasta cuando no la siento. Gracias a mí por soportar todos esos maltratos innecesarios, por esconder las heridas tan bien y por no aceptar un final que no correspondía. Gracias. 

Gracias a ustedes,
Que se quedaron conmigo. Que me repitieron mis cualidades hasta el cansancio, incluso cuando podía sonar engreída o caprichosa. Gracias a quienes supieron darme la mano para ayudarme a levantarme cuando podía, y cuando no, por sentarse en el fondo del abismo conmigo. A quienes no tuvieron miedo de quedarse a mi lado, pese a los demonios que se escondían tras mis ojos. A quienes limpiaron mis lágrimas con paciencia y amor y a quienes trataron arduamente de convencerme de que siempre hay un lado bueno. Gente maravillosa. Gracias a ti, que te metiste de lleno en mi vida para sacarme del vaso en el que me ahogaba. A ti, que estuviste desde el principio de esta historia. A ti, que simplemente supiste escuchar. Gracias sobretodo a mis papás, que pese al pequeño desastre que aún soy, nunca dejan de quererme. 

Perdón y gracias, ahora no soy otra, soy una versión repotenciada de mí misma. Aún tengo un largo camino por delante, pero este es mi primer gran paso. 

De ahora en adelante las cosas serán distintas. 

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