Un año ha pasado: con atilbajos (más bajos que altos), estando a tu lado y ya no, sintiéndome feliz y ya no, muy acompañada e infinitamente sola.
Un año en el que mucho ha cambiado, desde mis amistades hasta mis metas de vida; el color de mi cabello, la música que escucho e incluso mi manera de vestir.
He cambiado a golpes, a giros inesperados y a voluntad propia. Porque lo que fue hace 365 días ya no es hoy, y por lo tanto, tengo que adaptarme a lo inesperado, a lo que a veces ni siquiera quería.
Tengo que adaptarme para disfrutar lo que soy y tengo hoy, porque vivir tratando de traer el pasado al presente solo me genera una carga más difícil de llevar, una vida con la que no puedo seguir. Es duro aceptar que lo lindo del ayer se esfumó, pero voy creando tantos nuevos recuerdos que lo que fue se va cubriendo de niebla densa, que lo vuelve un vista agradable, pero no deseable.
Me esperan tantas cosas bellas por delante. No me dan miedo los cambios, ya no más. Son una oportunidad de renovación, de un nuevo nacimiento. Son oportunidades de recuperar amistades, de hacer cosas nuevas, de enfrentarse a miedos y disfrutar de cosas que antes no conocías.
Es una oportunidad también para rescatar las cosas buenas de hace 365 días, las cosas que aún pueden hacerme feliz.
Estoy dispuesta a todo, no preparada, pero dispuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario