El vestido que planeé toda mi secundaria para la noche más mágica que debí tener. Aquel que destiné para bailar hasta el amanecer, con el que quería ser la envidia de todas. Ese que diseñé con tanto cuidado, cuyos colores me tomó una eternidad elegir.
Por todas las tardes de búsqueda incanzable, decepciones y llantos porque nada era lo que esperaba. Por todas las madrugadas en Internet buscando alguno que me guste suficiente.
A todos los viernes que falté al colegio por ir a pruebas y a comprar telas y agregados, porque nadie iba a hacerlo mejor que yo (y mi mami).
A esa emoción que desapareció un mes antes de la fecha. Ese vestido que dejó de importarme. Ya no buscaba maquillajes que combinen con el negro y el azulino que había escogido. Cuando las pruebas se volvieron sesiones agotadoras y tuvieron que entallarme el vestido 4 veces, porque cada prueba estaba más delgada de tanta pena.
La esperanza fue lo último que perdí, pero al final ese vestido no sacudió su caída de encaje larga y negra al ritmo de la música. No me saqué los tacos para seguir bailando hasta el amanecer. No tuve una entrada de gala, no me sentí una princesa. No subí ni baje de una limusina.
Derramé lágrimas sobre ese vestido, de felicidad y de tristeza. Mi labial rozó tus labios, pero nadie lo sabrá. Lo tuve puesto a lo mucho, un par de horas. Un par de horas fue lo que duró mi noche de ensueño. Pero mil recuerdos son los que me deja tu corbata combinando con la mía, donde nadie nos pudo ver.
No fue lo que esperaba pero no me arrepiento. Solo me gustaría saber qué hubiese pasado si hubiese tomado una decisión distinta.
Tal vez no tendría un vestido maravilloso embolsado casi sin usar, tal vez no tendría este sabor agridulce de saber que no habrá otra oportunidad. Tal vez, y solo tal vez, hoy no lloraría sobre los recuerdos destrozados sobre una foto.
Una foto en la que importamos más tú y yo que el vestido.
Porque me quedan más memorias tangibles de nosotros que de aquello que tanto había soñado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario