Entrada destacada

La loca y sus ocurrencias

Cuando todo va mal, intentar algo nuevo resulta altamente tentador ya que puede que te salga bien o que te salga mal. Si te sale bien, pues...

martes, 16 de agosto de 2016

365 días


Un año ha pasado: con atilbajos (más bajos que altos), estando a tu lado y ya no, sintiéndome feliz y ya no, muy acompañada e infinitamente sola.

Un año en el que mucho ha cambiado, desde mis amistades hasta mis metas de vida; el color de mi cabello, la música que escucho e incluso mi manera de vestir. 

He cambiado a golpes, a giros inesperados y a voluntad propia. Porque lo que fue hace 365 días ya no es hoy, y por lo tanto, tengo que adaptarme a lo inesperado, a lo que a veces ni siquiera quería. 

Tengo que adaptarme para disfrutar lo que soy y tengo hoy, porque vivir tratando de traer el pasado al presente solo me genera una carga más difícil de llevar, una vida con la que no puedo seguir. Es duro aceptar que lo lindo del ayer se esfumó, pero voy creando tantos nuevos recuerdos que lo que fue se va cubriendo de niebla densa, que lo vuelve un vista agradable, pero no deseable. 

Me esperan tantas cosas bellas por delante. No me dan miedo los cambios, ya no más. Son una oportunidad de renovación, de un nuevo nacimiento. Son oportunidades de recuperar amistades, de hacer cosas nuevas, de enfrentarse a miedos y disfrutar de cosas que antes no conocías. 

Es una oportunidad también para rescatar las cosas buenas de hace 365 días, las cosas que aún pueden hacerme feliz. 

Estoy dispuesta a todo, no preparada, pero dispuesta. 

Al vestido que nunca usé

El vestido que planeé toda mi secundaria para la noche más mágica que debí tener. Aquel que destiné para bailar hasta el amanecer, con el que quería ser la envidia de todas. Ese que diseñé con tanto cuidado, cuyos colores me tomó una eternidad elegir. 

Por todas las tardes de búsqueda incanzable, decepciones y llantos porque nada era lo que esperaba. Por todas las madrugadas en Internet buscando alguno que me guste suficiente. 

A todos los viernes que falté al colegio por ir a pruebas y a comprar telas y agregados, porque nadie iba a hacerlo mejor que yo (y mi mami). 

A esa emoción que desapareció un mes antes de la fecha. Ese vestido que dejó de importarme. Ya no buscaba maquillajes que combinen con el negro y el azulino que había escogido. Cuando las pruebas se volvieron sesiones agotadoras y tuvieron que entallarme el vestido 4 veces, porque cada prueba estaba más delgada de tanta pena. 

La esperanza fue lo último que perdí, pero al final ese vestido no sacudió su caída de encaje larga y negra al ritmo de la música. No me saqué los tacos para seguir bailando hasta el amanecer. No tuve una entrada de gala, no me sentí una princesa. No subí ni baje de una limusina. 

Derramé lágrimas sobre ese vestido, de felicidad y de tristeza. Mi labial rozó tus labios, pero nadie lo sabrá. Lo tuve puesto a lo mucho, un par de horas. Un par de horas fue lo que duró mi noche de ensueño. Pero mil recuerdos son los que me deja tu corbata combinando con la mía, donde nadie nos pudo ver. 

No fue lo que esperaba pero no me arrepiento. Solo me gustaría saber qué hubiese pasado si hubiese tomado una decisión distinta. 

Tal vez no tendría un vestido maravilloso embolsado casi sin usar, tal vez no tendría este sabor agridulce de saber que no habrá otra oportunidad. Tal vez, y solo tal vez, hoy no lloraría sobre los recuerdos destrozados sobre una foto. 

Una foto en la que importamos más tú y yo que el vestido. 

Porque me quedan más memorias tangibles de nosotros que de aquello que tanto había soñado. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Borrón y cuenta nueva

A altas horas de la madrugada, cuando todos callan y solo escuchas el retumbar de tus pensamientos, a veces, te iluminas con grandes ideas. 

Esta es una de ellas. 

Tengo depresión muy severa, según mi psiquiatra. Todo empezó como un cuadro de migraña muy fuerte: de emergencia a la clínica; clonazepam por aquí, fluoxetina por allá. No me dijeron que eran ansiolíticos y antidepresivos. La semana que tomé esas pastillas conocí el infierno, crudo y duro. 
Pero lo que vino después fue -es, aún- el purgatorio, porque estoy atrapada entre el cielo y el infierno, sin entrar por completo a ninguno. 

Dejar este tipo de pastillas de golpe fue la peor idea de mi vida: dejaron salir al Cracken. De ese momento en adelante, viví en una montaña rusa, estaba feliz, luego triste, de nuevo feliz, lloraba toda la noche. Hasta que llegó el momento de la estabilidad, lo malo fue que esa estabilidad estaba tirada al suelo, osea, ya solo había tristeza. Lloraba todos los días, a todas horas, levantarme era un martirio, conciliar el sueño también, noches llenas de pesadillas y tardes solo de lamentos. Sentía que no podía más. 

Una mañana, decidí visitar a una psicóloga: "tienes depresión, ve con un psiquiatra". La psiquiatra me lo confirmó y añadió la palabra "severa" al diagnóstico. Pastillas para estar feliz y para dormir. 

El saber que lo que me pasaba tenía nombre fue quitarme un peso de encima. Ya no debatía entre la idea de que "todos pasaban por eso" y "tal vez solo exagero", no. No estaba exagerando, no todos pasaban por eso, no solo soy llorona, no solo soy sensible. Pero lo más importante: había una solución. La luz al final del túnel. Las pastillas me tumbaron las primeras semanas: sueño y ganas de hacer nada. Como a la cuarta, ya empezaba a notarse el cambio: me reía más y de vez en cuando me pillaba a mi misma haciendo planes. Pero de ahí, las cosas no siguieron mejorando. 

Me enfrasqué en la necesidad de esas pastillas, de la psicoterapia y las visitas al psiquiatra. Eso era un presupuesto fuerte y más era el tiempo que pasaba peleando con mis papás por que me llevaran/compraran pastillas que el que disfrutaba con las mejorías que debía tener. "¿No puedes solucionar tus problemas sola? ¿Tan débil eres?" Perdóname mamá, lo intenté y no pude. "No te estreses, ojalá fueses tan fuerte emocionalmente como lo eres para defender tus ideas." Son cosas distintas, papá, ya traté. 

Dejé de tomar las pastillas porque un tratamiento psiquiátrico no puede llevarse a medias. 

A todo esto, en lo que va del año, debo haber intentado suicidarme unas tres veces. Alguna vez para llamar la atención, alguna otra porque simplemente ya no podía más. La sobredosis no es tan efectiva, al parecer, o yo soy muy cobarde. En fin: vida: 3 - suicidio:0

Hoy por hoy, he aprendido que las pastillas sí ayudan, pero más importante es la actitud y por eso estoy escribiendo esto ahora: este es mi punto de quiebre. 

De ahora en adelante las cosas serán distintas. Pero hay capítulos por cerrar aún:

Empiezo por pedir perdón. 

Perdón a mí misma,
Por haber dudado de mis capacidades, por haberme empequeñecido y arrastrado por cosas y personas que no lo merecían. Por no darme chances a fallar, por juzgarme tan cruelmente y odiarme de una manera tan descabellada. Por avergonzarme de mi cuerpo, de mi mente y de mi ser. Por haberme hecho daño para encajar en estándares y por no lograr encajar en ellos. Perdón a mí misma por no haberme dejado florecer como la mujer maravillosa que sé que puedo ser. 

Perdón a ustedes,
A quiénes hice sentir alguna vez como insuficientes, a quienes no supe explicarles esto en su debido momento. A quienes no supe valorar cuando estuvieron a mi lado, a quienes juzgue sin conocer y a quienes fueron víctima de mis malos ratos. A aquellos que se vieron perjudicados por intentar ayudarme y a quienes contagie de mis malos ánimos. Perdón especialmente a ti, que te dejé sin razón aparente. A ti, que creíste que podías ayudarme y a ti, que te alejaste porque mi malestar resultaba intolerable. 

Ahora toca dar gracias. 

Gracias a mí, también 
Porque pese a todo, sigo aquí con vida. Sigo aquí con una sonrisa, que sabe surgir hasta cuando no la siento. Gracias a mí por soportar todos esos maltratos innecesarios, por esconder las heridas tan bien y por no aceptar un final que no correspondía. Gracias. 

Gracias a ustedes,
Que se quedaron conmigo. Que me repitieron mis cualidades hasta el cansancio, incluso cuando podía sonar engreída o caprichosa. Gracias a quienes supieron darme la mano para ayudarme a levantarme cuando podía, y cuando no, por sentarse en el fondo del abismo conmigo. A quienes no tuvieron miedo de quedarse a mi lado, pese a los demonios que se escondían tras mis ojos. A quienes limpiaron mis lágrimas con paciencia y amor y a quienes trataron arduamente de convencerme de que siempre hay un lado bueno. Gente maravillosa. Gracias a ti, que te metiste de lleno en mi vida para sacarme del vaso en el que me ahogaba. A ti, que estuviste desde el principio de esta historia. A ti, que simplemente supiste escuchar. Gracias sobretodo a mis papás, que pese al pequeño desastre que aún soy, nunca dejan de quererme. 

Perdón y gracias, ahora no soy otra, soy una versión repotenciada de mí misma. Aún tengo un largo camino por delante, pero este es mi primer gran paso. 

De ahora en adelante las cosas serán distintas. 

jueves, 28 de julio de 2016

La margarita nunca dice no

¿Cuál es el problema con decir no?

No quiero ir. No me gusta. No te quiero. No tengo ganas. No quiero hacerlo. No quiero. No, no, no.

Me pasa a menudo que evito negar las cosas y prefiero darles un matiz de disconformidad o dejar la posibilidad abierta, recalcando que "preferiría otra cosa": mejor vamos a otro lado, no sé si pueda, tengo que preguntar, me gusta más lo otro, etc. Mil excusas, como si decir 'NO' fuera un pecado. 

No lo es. A veces la gente no entiende las sutilezas, además, ser claro siempre evita problemas. NO QUIERO IR ALLÍ. NO QUIERO SALIR CONTIGO. NO QUIERO VERTE. NO ME PARECE LO QUE HACES. NO. 

Decirle no a algunas cosas no te vuelve un/a tirano/a, incluso cuando no tienes una razón clara. Simplemente NO. Si a veces no nos entendemos ni nosotros mismos, ¿por qué habrían de entendernos los demás? ¿quiénes son ellos para exigir explicaciones? Un 'no' ya es suficientemente válido y completo. 

Así que, ¿por qué no usar el no?

*No decir no solo me ha llevado a inventar excusas y sentirme mal conmigo misma. Not recommended: 0/10

miércoles, 27 de julio de 2016

Recuerdos de verano para el invierno

Ella olía a verano;
Aquel que alguna vez tuve,
Aquel que jamás tendré.

Verano que recuerdo bien,
Verano en el que te amé. 
Días condensados en ti,
Recuerdos tatuados en el atardecer. 

De la mano por la playa,
La brisa del mar en tu pelo,
los rezagos del sol en tu piel
Y dieciocho kilates de color.

Pasas a mi lado sin mirar.
Finges que no me notas.
Hueles a verano, mi amor
Sé que me recuerdas,
Porque nosotros somos ese olor. 

lunes, 25 de julio de 2016

Días buenos, días mejores

Buenas mañanas las que le siguen a amanecidas agradables: amanecerte leyendo, conversando, tejiendo y pintando. Durante toda a madrugada haces lo que te place, si te aburres de leer, contestas tus mensajes, vuelves a leer, te pones a pintar o simplemente escuchas música. Buenas mañanas las que le siguen a las madrugadas dedicadas a hacer lo que te venga en gana, unas horas de engreimiento y caprichos. Buenas mañanas porque te levantas con el ánimo renovado y el alma llena de ganas de seguir viviendo. 

domingo, 24 de julio de 2016

Lo que nunca será, lo que nunca pudo ser y lo que no volverá a ser

En medio de la ebriedad, te dije que me gustabas.
Me dijiste que era preciosa; vaya forma de matarme.
No era el momento, no lo debió ser nunca.
Pero lo hecho, hecho está
No sigamos mirando atrás.
Yo seguiré mirándote de reojo mientras la besas,
Cuando voltees a mirarme te sonreiré
Pero sabrás, de ahora en adelante,
que la envidio más que a nadie.

La misma noche, en un universo paralelo
Sus besos fueron el cielo.
El agridulce recuerdo de su voz
Logró sacarme del infierno en el que estaba:
De vuelta a la estupefacción.
Sus brazos rodeando mi cintura,
el engaño de sentirme querida otra vez.
Un instante eterno que no olvidaré.

Horas antes o después, no lo sé.
Lloré pensando en mí:
Lo que él no quiso ser conmigo,
Lo que nunca podré ser contigo.
Lo que no volverá a ser de nosotros.
Existimos y ya no somos.
Tú eres y yo aún no sé si soy,
Pero sí sé que nuestros nombres
serán siempre uno
Grabados en mi corazón.